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Sep
13
 
 
 

“Ellas tienen más capacidad para ser felices

«Siento admiración por las mujeres. He descubierto que tienen más capacidad para la felicidad. Entiendo el mecanismo que las lleva a ser más realistas, más coherentes… El hombre, en cambio, es más disperso. Me atrae mucho su mundo, observarlo e investigarlo». Rodolfo Sancho envuelve el universo femenino de cierto halo misterioso. Pide un cigarrillo. Le dan tres y los consume uno detrás de otro. Esta misma noche ha decidido que dejará de fumar. Por lo visto, cada día se va a la cama con la misma intención. «Quiero hacerlo. De hecho, lo voy a dejar. Es un vicio que no va conmigo realmente. Mira, dejé un año de fumar y sé que puedo hacerlo solo. Como sé que lo dejo cuando quiera, aprovecho para fumarme otro…». Y así se echa a reír mientras aspira el humo del –penúltimo– cigarro.

El actor se ha desabrochado la camisa. Hoy hace calor, fuego en Madrid. Da la sensación de que no tiene prisa. «Sin duda, es el mejor año que he vivido a nivel personal y profesional. Además, mi niño [Daniel] acaba de hacer 15 años. Es difícil saber por qué motivo todo empieza a encajar». Asegura que desde que cogió «las riendas» de su vida, desde que decidió «tomarse las cosas de verdad», todo ha empezado a cambiar. «Pienso que hay algo de mágico en todo esto y que depende también del deseo de uno, de la fuerza con la que luchas y, como siempre, de la suerte que tengas». Cree Rodolfo que ese tipo de azar se encuentra. «Todo está en la mente. Independientemente de la genética, la salud también es un tema mental. Pienso que mucho sufrimiento interno es suficiente para que uno desarrolle una enfermedad. A mí me ha ido muy bien hacer cursos de meditación. He aprendido a relajarme. Resulta difícil llegar a tener ansiedad si eres consciente de respirar siempre despacio».

CON PARSIMONIA.
Ha aprendido con los años a ir «frenado». «Creo que vivo intensamente, pero en un coche de paseo, a 40 por hora. He aprendido a vivir las cosas intensamente, a paladearlas. Quizás por eso, me veo mejor que nunca. Con 30 años, se está mejor que con 20. Esta madurez que tengo ahora es perfecta para mi trabajo». De todas formas, asegura Rodolfo que su profesión no es lo único importante en su vida. «No vivo sólo para ella, hay muchas cosas igualmente importantes».

– Cuando habláis así los actores es que estáis enamorados…
– Lo estoy.
Me pide que no le eche «mucha leña al fuego al asunto». Desde que se enamoró de Xenia Tostado, la actriz que encarna a Vanessa en Sin tetas no hay paraíso, lo acribillan a fotos en cualquier situación: «Con bolsas del Carrefour, en chándal, sin arreglar… En todo esto hay algo de pérdida de intimidad que no me va». De todas formas, el madrileño reconoce que –al margen de que despierte cierto morbo en la prensa el hecho de que se haya enamorado de una guapa actriz– tiene también sus ventajas la vida en común. «He descubierto todo eso del mundo femenino y reconozco que estoy muy a gusto. Tengo alguien con quien compartirlo todo».

Haber estado rodeado, sobre todo, de hombres, añadió dificultad al aprendizaje de ese universo femenino. «Tengo una teoría. Supongo que un niño que tiene hermanas sabe lo que es el mundo femenino y lo entiende mejor de mayor. Le pilla menos por sorpresa que a mí, que sólo he tenido hermanos». El actor se halla en el medio, es el hijo sándwich del gran Sancho Gracia. «Me encanta ser el mediano porque entiendo al mayor y al pequeño, cosa que a ellos no les pasa. Les cuesta entenderse».

DEVOCIÓN FAMILIAR.
Agradecido, detalla que entre las cosas que más admira de su padre está «el aprendizaje que me ha proporcionado. Mi padre se come la vida y la disfruta». Está convencido de que superó la enfermedad no sólo porque le cogieron a tiempo, sino porque «su vitalidad y sus ganas de vivir tuvieron mucho que ver en su recuperación. Mi padre sabía que no era su momento, que aún tenía mucho que amar y mucho cariño que dar».

Sancho Gracia quiso que su hijo Rodolfo fuese abogado, pero aquella idea no cuajó en el joven actor. «Imagínate yo con la toga de abogado… No tengo nada que ver con eso». Su mundo está en un rodaje de cine o de televisión, o en el teatro. «Quise de pequeño ser actor no de una manera pensada o razonada. Iba a los rodajes y me parecía mucho más divertido ver a gente disfrazándose que ir a estudiar». En la adolescencia, Rodolfo tenía prisa, todo lo contrario que hoy. «Yo me veía como una persona mayor y creía que lo sabía todo. Me vino bien ser padre con 18 años. Siempre lo digo, fue una bendición porque me impulsó a lo que yo quería. También me frenó y me centró. Yo estaba bastante disperso».

Con un bebé en brazos, a Rodolfo Sancho le cambió la vida. «Completamente. Primero por la responsabilidad que tenía: había otro ser humano que dependía de mí. Me hizo salir a la calle y luchar. Hubo momentos duros, lógicamente, que se viven tengas la edad que tengas».

No para de reir. Tiene una sonrisa preciosa que suele ocultar en sus papeles de hombres serios, luchadores y atormentados. «Reconozco en mi hijo muchas cosas que yo hacía con mis padres. Es muy gracioso porque le noto alguna que otra mentirijilla. Y me veo diciéndole las mismas cosas que me decían a mí, como ‘¿con quién vas?’. Al final, resulta que con tu hijo acabas entendiendo a tu propio padre». La experiencia de 15 años como progenitor le ha enseñado que «los críos necesitan que alguien les diga que no y que les eche la bronca. No hay otro camino. A veces, intentas canalizar algo en plan colega y no te hacen caso».

Daniel no ha heredado, de momento, interés por el mundo artístico. Más bien, ha heredado la afición por el deporte hasta el extremo de tener madera de campeón: «Si a mi hijo le preguntas qué quiere ser, te contesta que tenista. Ha visto mucho tenis desde pequeño en casa y lo ama más que yo. Entrena todos los días para ser profesional».

Rodolfo de no haber sido actor, hubiera sido deportista. El fútbol también está entre sus aficiones. Su corazón es blanco Bernabéu. Este año, hemos sufrido mucho». Me cuenta que no es de acudir al campo, pero si de «ponerme la bufanda y pegar algún que otro grito. Lo reconozco». Ésa otra vocación por el deporte le ha llevado a descubrir una afición nueva: el submarinismo. Cuando puede, se escapa a la Riviera Maya mexicana, a las islas Fiji, o al sur del Oceáno Pacífico. «Al principio, no me atrevía mucho, me daba respeto, pero un día probé y es como descubrir que hay el doble de paisajes dentro del mar». El actor tiene un truco y es vencer al miedo enfrentándose a él. «Creo que soy bastante valiente. Me he llegado a perder en un bosque, solo, y he comprobado que no pasa nada. El miedo a la oscuridad se quita en la oscuridad. Yo tenía los típicos miedos de todo el mundo y reaccioné apagando la luz y ya está. Procuro enfrentarme a lo que me hace sentir incómodo».

Ahora está en plena pelea consigo mismo, conflicto provocado por el papel de Ángel, el cura enamorado de la protagonista en la serie La señora. Anda el propio Rodolfo torturado, como su personaje, con el tema de la culpa: «Al final, he llegado a la conclusión que la culpa es una invención de la religión católica. Intento luchar contra ese sentimiento, porque acabas sintiéndote culpable por todo. Aunque no pienses en Dios, piensas que algo te va a castigar. Mi personaje tiene un gran conflicto interno. Imagínate qué confusión: Dios ha elegido su destino de ser cura y por otro lado, cuando está junto a ella, siente amor».

VÍNCULO MATERNO. La mujer que no le provoca ninguna tortura ha estado siempre a su lado. «Mi madre creo que es la mujer más importante de mi vida. Todo en ella parece dulzura, tranquilidad, coherencia… Para mí es casa». La relación madre e hijo ha ido cambiando: «Cuando la relación ya es de adultos, descubres cosas nuevas. La verdad es que nos reímos mucho juntos. Ahora, resulta más fácil la complicidad entre nosotros». Está agradecido a sus padres porque considera que le han dado mucha libertad: «Jamás me han dicho eso de ‘esta chica no te conviene’ o cosas así. En mi casa, no ha habido nunca nada extraño. Todo ha sido normal». Precisamente lo normal, es lo que al actor le parece extraordinario. «Para mí, un día en el que puedo leer, mirar el ordenador, ver algo de deporte por la tele, estar con mi hijo e insistirle en que estudie… suele ser normal. Yo aprecio las cosas normales de siempre. Quedar, por ejemplo, con tres o cuatro amigos para jugar a las cartas». El naipe español se ha convertido en una de sus grandes aficiones. “Los actores no mentimos mal. Por eso, creo que se me da bien el mus». A veces, son las 4 de la mañana y los amigos siguen en su casa jugando a las cartas.

El trabajo de Rodolfo hace que, cada vez, sean menos frecuentes esas partidas eternas. Ha estado todo el año trabajando sin parar. Lleva así cuatro años. «Ahora voy a tener unos días de vacaciones. Todavía no sé a dónde iré». Insiste en que éste, «es su mejor momento». Cree saber que la felicidad de cada uno va incorporada a la persona. «La tiene uno dentro, es algo que está aquí, en el día a día. Si la supeditas al futuro, nunca te sentirás bien. Creo que mi felicidad soy yo. Ayuda haber entendido a la mujer, porque vosotras sabéis mucho de apreciar las cosas, los pequeños placeres». Para eso, es imprescindible no tener prisa. Sancho Gracia no le entendería: «Yo soy más calmado. He aprendido a estar dos horas en la playa tirado en la toalla. Mi padre, en cambio, no podría».

Procura Rodolfo aplicar su filosofía de hacer de cada día un buen día. «Hay que saber expresar los sentimientos. Si hay que decir ‘te quiero’, pues lo dices. Vivir cada momento intensamente. Lo de que el tiempo se acaba, para mí no es una preocupación, sino un motor para entender que todos los días, son importantes».

ESAS TENTACIONES …

Su padre, un bandolero de la vida y la escena llamado Sancho Gracia, quiso que se metiera a abogado. Pero a Rodolfo Sancho (Madrid, 1975) nunca le atrajo la toga, y sí las infinitas pieles que reviste la actuación dramática. Creció deprisa, entre bambalinas. Maduró a la fuerza al convertirse en padre cuando casi no tenía edad para votar. Desde entonces, se arranca los miedos con terapia de choque: los agarra por la solapa y se enfrenta a ellos de cara.

Lo que no termina de sacudirse es el vicio de fumar, aunque se ponga (engañosos) plazos para erradicar la nicotina de su vida, ahora que practica la meditación para modular cuerpo y mente. Además, es guapo, sale con una actriz que es un bombón y los directores de casting se lo rifan.

Para desconectar, partidos de su Real Madrid (merengón hasta la médula), submarinismo en aguas lejanas y timbas de mus con sus amigos hasta las tantas. Así peca el sacerdote más atormentado de la televisión.

ElMundo
12/07/2009